LA CATEDRAL QUE CRECIÓ DOS VECES

La historia de la Catedral de Abancay se remonta al siglo XVII. En 1645 se habría colocado la primera piedra del antiguo templo dedicado a Nuestra Señora del Rosario. A lo largo de los siglos el edificio sufrió diversos deterioros y daños, entre ellos los ocasionados por el terremoto de 1869. Tras la creación de la Diócesis de Abancay en 1958, el templo parroquial recién adquirió rango de catedral. Pero lo que ningún decreto eclesiástico podía resolver era algo más simple y más urgente: el templo se había quedado pequeño. Y la manera en que eso quedó en evidencia no pudo ser más inesperada.
Cuenta nuestro gran amigo Pepe Garay que corría el año 1969 y Abancay se preparaba, como cada año, para celebrar sus fiestas. Por entonces, cuando llegaban las celebraciones patrias o el aniversario de la ciudad, la música era parte esencial de la fiesta y los grupos ayacuchanos gozaban de enorme popularidad. Entre los preferidos estaban Los Sideral y Los Telestar. En aquella ocasión fueron Los Telestar los contratados para la celebración.
Pero contratar a un conjunto musical suponía resolver también un problema práctico: ¿dónde ensayarían? Sigue contando Pepe que, con la ayuda de Carlos Canales y Julio Casas (mi papá), consiguieron la autorización para usar un local al costado de la parroquia, un salón donde funcionaba el Vínculo Juvenil. Allí comenzaron los ensayos y, durante varios días, la música de Los Telestar se convirtió en parte del paisaje sonoro de aquel Abancay de finales de los sesenta. Una ciudad que todavía olía a campo y a tierra mojada, que todavía cabía en un solo rumor.
Quizá fue precisamente esa hospitalidad la que dio origen a algo que nadie imaginaba que terminaría dejando huella. Como gesto de agradecimiento, los integrantes del grupo tuvieron una idea tan sencilla como hermosa: ofrecer una misa cantada en la Catedral. La propuesta llegó hasta el entonces obispo, monseñor Enrique Pélach y Feliú, quien aceptó. Se hizo publicidad por radio y por otros medios y, poco a poco, comenzó a crecer la expectativa.
Y llegó el domingo.
Lo que probablemente había comenzado como un gesto de gratitud de un conjunto musical terminó convirtiéndose en un acontecimiento que sorprendió a todos. La Catedral se llenó por completo, de tope a tope. Pero no solo se llenó: la multitud desbordó el templo. Los fieles ocuparon los alrededores y la asistencia se extendió por la calle Lima y la Plaza de Armas. Aquella mañana, la Catedral reveló con toda claridad lo que ya se intuía: ya no tenía capacidad suficiente para albergar a los fieles de Abancay. El pueblo había crecido más rápido que sus muros.
Durante su homilía, monseñor Enrique Pélach no dejó pasar la oportunidad. Ante aquella multitud que se derramaba hacia la plaza, planteó la necesidad de ampliar y remodelar la Catedral. Y aquella idea no quedó en palabras.

Para comprender la historia de esa transformación hay que conocer al hombre que la hizo posible. Enrique Pélach y Feliú, sacerdote español nacido en Anglès en 1917, había sentido desde muy joven la llamada de la fe y de la vocación sacerdotal. Después de atravesar tiempos difíciles, fue ordenado sacerdote en 1944. Pero su historia dejó de pertenecer solamente a su tierra natal cuando, en 1957, movido por un espíritu misionero que no admitía cálculos ni comodidades, dejó España y llegó al Perú. Aquí encontró una realidad muy distinta, especialmente en los pueblos andinos, y decidió entregar su vida a servirlos.
El 25 de junio de 1968 fue preconizado obispo de Abancay y el 14 de julio de ese mismo año recibió la consagración episcopal. Llegó, pues, a nuestra diócesis apenas un año antes de aquella memorable misa de 1969. Uno llega a preguntarse si la historia no tenía ya sus propios planes.
Monseñor Enrique Pélach fue un obispo de obras. Y hacer obras en un lugar como Abancay no era tarea sencilla: los recursos eran escasos y la voluntad tenía que suplir lo que el presupuesto negaba. El pueblo abanquino colaboró con muchas actividades y aportes, pero también se tuvo que recurrir a la solidaridad de personas e instituciones de distintos lugares. Entre quienes más colaboraron estuvo la Asociación Amigos de Abancay, entidad civil con sede en Girona, creada en 1968 con el propósito de sensibilizar y movilizar recursos en favor de la diócesis. Así, entre donaciones, gestiones y esfuerzos, aquella propuesta nacida en una homilía comenzó a convertirse en realidad.
La antigua Catedral tenía una nave larga, estrecha y de aspecto casi tubular. Bastaba una celebración concurrida para que el templo quedara completamente lleno. Entre 1970 y 1971, la reconstrucción y remodelación impulsada por monseñor Enrique Pélach, quien tenía amplios conocimientos de arquitectura, modificó sustancialmente aquel espacio: se desmontó la parte central de la antigua nave y en ese lugar se levantó la gran estructura central que conocemos actualmente. El resultado fue un templo mucho más amplio, capaz de recibir a un número considerablemente mayor de fieles, duplicando su capacidad. Trescientos veinticinco años después de colocada la primera piedra, la Catedral volvía a nacer.
Es curioso pensar que aquella multitud congregada para escuchar una misa cantada por un grupo musical ayacuchano terminó revelando la necesidad de construir una Catedral más grande. La música, sin proponérselo, había puesto en evidencia una necesidad de la ciudad. Hay vocaciones que uno no elige.

Hoy, cuando recorremos el templo, podemos encontrar partes de aquella construcción anterior, como se encuentran en un rostro antiguo los rasgos de la infancia. Del edificio original sobreviven algunas paredes en los dos extremos de la antigua nave; el techo, en cambio, fue completamente renovado. Hacia la calle Puno se encuentra la estructura que contiene el antiguo altar mayor y las criptas donde descansan los restos de monseñor Enrique Pélach y monseñor Isidro Sala.
Ese lugar tiene además una significación especial para la tradición religiosa de Abancay: la leyenda cuenta que, sobre el pedrón ubicado en aquel sector, en los exteriores que dan hacia la calle Puno, la Virgen del Rosario apareció reiteradamente para pedir que allí se levantara su templo.
En el extremo opuesto, hacia la calle Lima, se encuentra el campanario. Allí está hoy una nueva campana, pues la antigua «María del Rosario», después de rajarse, tuvo que ser reemplazada. La vieja campana, sin embargo, no desapareció: permanece en un jardín que mira hacia la Plaza de Armas, como un silencioso testimonio de otros tiempos.
Junto al campanario está también la antigua puerta principal. El tiempo, lamentablemente, ha dejado sus huellas sobre ella. El viejo portón se encuentra muy deteriorado y parece pedir, más que un reemplazo, una restauración que le devuelva la dignidad que alguna vez tuvo.
En el interior todavía puede apreciarse un altillo que antiguamente servía como coro. Con el paso del tiempo ha quedado fuera de uso, aunque su sola presencia recuerda que este templo tuvo otras vidas antes de la que hoy conocemos.
Son pequeños detalles que permiten descubrir que nuestra Catedral no es solamente un edificio religioso. Es un palimpsesto de la historia de Abancay, donde cada muro, cada campana y cada espacio conserva algo de las generaciones que pasaron por allí.

Tal vez lo más hermoso de esta historia sea que una gran obra no comenzó con planos, presupuestos ni reuniones técnicas. Comenzó con unos músicos de Ayacucho que necesitaban un lugar donde ensayar. Continuó con un gesto de agradecimiento. Se convirtió en una misa cantada. Y aquella misa llevó a tanta gente a la Catedral que monseñor Enrique Pélach comprendió, al contemplar la multitud extendida por la calle Lima y la Plaza de Armas, que Abancay necesitaba un templo más grande.
Hoy, más de medio siglo después, la historia parece tener una curiosa manera de repetirse. La Catedral que entonces fue reconstruida para recibir a una ciudad que había crecido vuelve a llenarse de tope a tope. En las celebraciones importantes, muchos fieles deben permanecer de pie, acomodándose en los espacios laterales o incluso en los alrededores del templo.
¿Será tiempo de que la Catedral crezca por tercera vez?
Antes de responder, conviene pensar con cuidado. Algunas personas, seguramente con las mejores intenciones, proponen declarar la Catedral Patrimonio Cultural de la Nación, lo que le otorgaría mayor protección y reconocimiento histórico. Es una idea que suena bien. Pero los beneficios tienen su reverso: cualquier futura remodelación, reparación o adecuación quedaría sujeta a autorizaciones y criterios del Ministerio de Cultura, con todo lo que eso implica en términos de plazos, burocracia y costos. Y lo más importante: la declaratoria no garantizaría que el Estado asuma el mantenimiento o la restauración, pues la Diócesis conservaría sus responsabilidades sobre el inmueble, así lo establece la normativa vigente.
Un reconocimiento honorífico sin financiamiento puede convertirse en una carga más que en un honor. No se podría poner ni un clavo sin la autorización del Ministerio de Cultura.
Vale recordar además que la actual Catedral corresponde fundamentalmente a una reconstrucción del siglo XX, aunque el lugar tenga una historia que se remonta a 1645. La memoria del sitio es antigua; la piedra que hoy vemos es mucho más moderna.
Basta mirar lo que ocurre con el cine Nilo y el club Unión, declarados monumentos históricos sin que esa distinción les haya traído beneficio alguno, para entender que un letrero bonito no reemplaza unas manos que cuiden.
Por eso, antes de promover esa declaratoria, habría que preguntarse si vendrá acompañado de un compromiso real de asistencia técnica y financiamiento, o solo será una bonita placa que no servirá para nada.
Pareciera que estaríamos haciendo lo que los peruanos solemos hacer con demasiada frecuencia: honrar con palabras lo que abandonamos con los hechos.
Quizá sea momento, entonces, de empezar por lo que ya tenemos: restaurar la antigua entrada, recuperar el viejo portón, devolver dignidad al altillo que alguna vez albergó un coro. Si una vez fuimos capaces de transformar la Catedral para responder a las necesidades de una nueva época, también podemos cuidar hoy lo que el tiempo ha deteriorado.
A veces la historia comienza con una canción, una puerta abierta y un gesto de gratitud.
Y a veces termina con una pregunta que nos devuelve al principio: ¿qué estamos dispuestos a hacer por lo que heredamos?

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